EL LEGADO CATALÁN A LA REPUBLICA DOMINICANA

El tema que nos disponemos a abordar ha recibido ya una notable atención por parte de varios historiadores de América, como Richard Konetzlie-1945, y Demetrio Ramos, en torno a la legislación sobre la emigración de extranjeros a América. Igualmente, se han realizado numerosos ensayos sobre la cuantificación de este tráfico entre Sevilla y las Indias españolas en la primera mitad del siglo XVI, -Juan Friede, Francisco Solano, Lourdes Dfaz-Trechuelo-.

Con todo, en esta cuestión de la emigración, no podemos decir que se haya llegado a un conocimiento nítido de la realidad. Existe el gran desconocimiento de todo lo referente a la emigración a América en la primera mitad del siglo XVI, algunos trabajos han venido a clarificar esta situación, aunque sin llegar en ningún momento a conclusiones definitivas. Por otro lado, se presenta el panorama historiográfico con numerosos puntos oscuros sobre varias cuestiones que consideramos claves como por ejemplo: la cuestión de los extranjeros, la política de la Corona en relación a los conversos, y la moralidad de los pasajeros a Indias, todo esto se encuentra difuso en la legislación generada en Castilla.

 Desde los primeros momentos, la Corona quiso establecer un férreo control sobre todo lo concerniente al Nuevo Mundo con la intención de preservarse para sí el disfrute de sus riquezas, centralizando dicho monopolio en la ciudad de Sevilla que pronto se convirtió en ‘puerta y llave del Nuevo Mundo”. Un privilegio sevillano que se justificó en dos puntos básicamente: primero, en la exclusividad de los beneficios americanos para los súbditos castellanos, y, segundo, en la prerrogativa como único puerto de salida y entrada de todo el tráfico entre España y América’.
Juan Emilio Bosch Gaviño, nació en la provincia de La Vega el 30 de junio de 1909. Hijo de Don José Bosch y Doña Ángela Gaviño. Su padre era Catalán y la madre, Puertorriqueña y se habían establecido en el país a finales del siglo pasado XIX.
Juan Emilio Bosch Gaviño, nació en la provincia de La Vega el 30 de junio de 1909. Hijo de Don José Bosch y Doña Ángela Gaviño. Su padre era Catalán y la madre, Puertorriqueña y se habían establecido en el país a finales del siglo pasado XIX.

En relación a la emigración, que es lo que ahora nos interesa, la Corona practicó una política migratoria a todas luces selectiva, dictándose multitud de prohibiciones que se repitieron sin cesar desde las mismísimas instrucciones dadas al gobernador, frey Nicolás de Ovando, en las que expresamente se prohibió la entrada de extranjeros en las descubiertas. El cumplimiento y ejecución de tales leyes se controló desde un principio y, como es bien sabido, por la Casa de la Contratación de Sevilla, institución que desde 1509 recibió la orden de registrar a todos los pasajeros que se embarcaban para las Las Indias, “asentando que es cada uno y de que oficio y manera ha vivido’ y enviando esta información al gobernador o oficiales de las Indias para que vigilasen que estos pasajeros continuaban allá ejerciendo el oficio que tradicionalmente habían practicado en la Península.

 Antes de proseguir con el análisis conviene dejar bien claros dos aspectos: en primer lugar, que toda esta legislación restrictiva que la Corona expidió, y que analizaremos minuciosamente a continuación, era de índole religiosa (herejes), política (extranjeros) o social (gitanos) pero en ningún caso racial.

Y en segundo lugar, que pese a toda esta legislación prohibitiva hubo muchos resquicios y momentos concretos en los que los jurídicamente excluidos pudieron pasar al otro lado del océano sin excesivas dificultades. Esto se justifica principalmente en el alto porcentaje de emigración ilícita que consiguió llegar a las Indias, sin registrarse en la Casa de la Contratación, que para unos autores, fue del 15 o el 20 por ciento del total”, mientras que para otros se cifró entre el tercio y el cuarto del contingente total de emigrados’.

 El mismo Padre las Casas se hizo eco en su “Historia de las Indias”, del abundante tráfico humano que sin licencia pasaba al Nuevo Mundo, solicitando, incluso, en 1542, que para remediar esta situación se pregonase a los pilotos y maestres que “ninguno fuese osado de llevar hombre secretamente, so grandes penas”.

Sin embargo, la emigración ilegal en esta primera mitad del siglo XVI fue imposible de evitar, hecho que fue reconocido en 1546 por la propia Corona, al notificar a los oficiales de la Casa de la Contratación que vigilasen especialmente a aquellos que viajaban a las Canarias “pues so color de decir que van a Canarias se pasan a las Indias”.

 Pero además de este tráfico ilegal había otras circunstancias que favorecían la migración

de estos contingentes teóricamente excluidos ya que las necesidades periódicas de pobladores que padecían las colonias se traducían en un aperturismo mayor y en un menor control por parte de la Casa de la Contratación de Sevilla.

 Así, sabemos que, en 1511, se ordenó a los oficiales de Sevilla que no fuesen severos en el control y examen de los que iban al Nuevo Mundo, pues, “a causa de los grandes requisitos que se les piden muchos dejan de pasar, gran necesidad de ellos en las colonias”. Posteriormente, y más concretamente entre 1528 y 1531, se volvió a dar una licencia casi general para la emigración a las Indias, sin duda, con la intención de acelerar el poblamiento de los nuevos territorios descubiertos.

Entre los grupos sociales que estuvieron sometidos a restricciones legales estaban los aragoneses.(Recordemos que la citada Corona de Aragón incluía el antiguo Reino de Aragón, Cataluña y los reinos de Valencia y Mallorca; sin contar otras importantes posesiones en el Mediterráneo). La controversia en torno a si los aragoneses, en los primeros momentos del Descubrimiento, podían beneficiarse de las riquezas del Nuevo Mundo en igualdad de condiciones con los castellanos es muy antigua, remontándose a los primeros años del periodo colonial, y llegando a la discusión historiográfica, incluso, a nuestros días.

 En el mismo siglo 16 Antonio de Herrera y Gonzalo Fernández de Oviedo sostuvieron que las nuevas tierras descubiertas tan sólo se incorporaron al Reino de Castilla, alegando que fueron ellos y no los aragoneses quienes las descubrieron, y haciendo llegar esta situación hasta la muerte de Isabel de Castilla, en 1504. En la actualidad, y como hemos afirmado en líneas anteriores, la historiografía tampoco ha llegado a un acuerdo definitivo.

En honor a la objetividad debemos decir que no ha aparecido ningún documento Real en que se prohibiese la entrada de aragoneses, muy a pesar de que Antonio de Herrera creyó en su existencia'”. Sin embargo, pensamos que tal documento no se expidió expresamente, al darse por supuesta que las Indias eran propiedad exclusiva de la Corona de Castilla, de la manera que tampoco han aparecido en los primeros momentos de la colonización reales cédulas vedando la entrada a genoveses o a ingleses y, sin embargo, les estuvo igualmente prohibido. Además, la presencia de aragoneses, tanto en el Continente americano, como involucrados en la empresa americana desde España -recuérdense nombres como el de Juan Cabrero, Juan de Coloma o Pedro de Margarit- no refuta, en absoluto, el planteamiento, ya que igualmente hubo genoveses y portugueses, y ello no significa, desde luego, que tuviesen acceso legal a ella.

 Tampoco existe un acuerdo en el hecho de que fuese 1504 la fecha en la que expiraron las restricciones a los aragoneses, ya que no existe ningún documento que corrobore tal aseveración. Por desgracia, una de las escasas licencias con las que contamos se otorgó dos meses antes de morir la Reina Isabel de Castilla, es decir, en septiembre de 1504, por lo que no es demasiado útil, aunque confirma que al menos hasta 1504 si que estuvo cerrado el tráfico a los aragoneses. En este documento regio se le otorgó permiso al aragonés Juan Sánchez para ir a La Española a comerciar, pese a “no ser de estos reinos’.

Se dice que la prohibición del paso de aragoneses duró hasta el 10 de noviembre de 1525, fecha en la que se expidió una Real Cédula en la que se reconoció que hasta ese justo momento la legislación vigente sólo había permitido Ir a las Indias a los castellanos, ordenando asimismo un aperturismo para que los vecinos de otros reinos pudiesen ir a las Indias como lo hacían los propios vasallos de Castilla.

 No obstante, la igualdad no fue total, pues, cuando se trataba de “mercadear” o de viajar como maestres debían continuar solicitando una licencia especial, como hizo el valenciano Francisco Picón, el cual recibió expresa autorización en 1526, para ir “con nuestros navios a las nuestras Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano o a cualquier parte de ellas a contratar y rescatar y mercadear como lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos de Castilla, sin vos poner en ello embargo ni impedimento alguno…”.

Este texto indica claramente que, aún después de 1525, la libertad de los súbditos de Aragón no fue igual a la de los castellanos, perviviendo además varias décadas, dado que, en 1538, encontramos de nuevo otra licencia de estas características otorgada a un tal Miguel Raguso, natural de Cataluña, para ir libremente por maestre a las Indias “a causa de estar por nos mandado que ningún extranjero de estos reinos pase por maestre a las dichas nuestras Indias…”.

 Todavía, en 1536, se notaban ciertos recelos de los castellanos hacia los aragoneses, según se deduce de un hecho ocurrido en Tierra Firme, cuando los castellanos se levantaron contra la tiranía de un capitán aragonés. En definitiva, los aragoneses aunque presentes de hecho en las Indias desde prácticamente su descubrimiento, legalmente nunca gozaron de los mismos privilegios que los castellanos y leoneses, “como quiera -dice Oviedo- que aquellos fueron los que las Indias descubrieron; y no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos o vasallos del patrimonio real del Rey Católico…””

La casi desconocida contribución que los catalanes tuvieron en la gesta del Descubrimiento de América y en su posterior exploración, conquista, colonización y civilización, no es sino hasta que se firma una carta de libertad en que se les concede comerciar y ejercer cargos públicos en América, por lo que a partir de ahí, el número de catalanes que, a lo largo del s. 18 e incluso del 19 -en las colonias que aún quedaban-, ejercen papeles de relevancia en el Imperio español de América es francamente más que importante.

 No parece concebible que los catalanes pudiesen haber tenido, prácticamente, presencia durante las dos primeras centurias de la gesta americana. Pero una cosa era que la Corona de Aragón no tuviera competencia para emprender empresas de carácter oficial en América y otra bien distinta era que no se pudiese participar a título individual en las empresas organizadas por el Reino de Castilla.

A muchos, sin duda, sorprenderá el número de catalanes que participaron ya desde los viajes del mismísimo Cristóbal Colón. Y más aún sorprenderá la importancia de los cargos y/o funciones que ejercieron. Quizás haya quien, a la postre, no se vea tan sorprendido porque vea en todo ello la confirmación de una de las teorías que existen sobre el origen de Colón: que pudiera ser catalán. No es éste el tema que estamos abordando y no vamos, por tanto, a adentrarnos en él. Igualmente, se dice que los fondos para financiar la primera expedición de Colon provinieron de judíos catalanes y de familias pudientes aragonesas, a las cuales se les forzó a entregar joyas y oro, con la promesa de participar en la conquista y luego fueron engañados y hasta encarcelados.

 La presencia catalana es casi paralela a la conquista. Fray Bernat de Boïl fue en el segundo viaje de Colón (1493), como jefe de la expedición de religiosos que fueron a evangelizar a los indígenas. Otro misionero fue el fraile Ramón Pané, considerado como el primer etnógrafo europeo en América por su obra “Relación acerca de las antigüedades de los indios”, traducida también al catalán. Dos catalanes más participaron en las expediciones de Colón: Miguel de Ballester, que fue alcalde de la fortaleza de Concepción de la Vega de la Isla Hispaniola y fundó el primer ingenio precursor de la producción de azúcar; Pedro de Margarit, que fue con Colón como jefe de una de las carabelas, comandante militar de la expedición y gobernador en la isla.

La prohibición de la participación de los judíos en el descubrimiento tiene otras razones que no tenemos tiempo de analizar ahora pero que son muy interesantes e invito a los curiosos a adentrarse en este estudio. Hasta aquí detengo esta parte de la historia que podría prolongase en detalles que el tiempo no nos permite.

 Tiempos modernos Siglos después, la Republica Dominicana fue el país de América que, proporcionalmente a sus habitantes y territorio, acogió uno de los contingentes más numerosos de exiliados catalanes con motivo de la guerra civil de 1936-1939.

Los refugiados de la guerra civil española, españoles y judíos. La matanza de los haitianos ordenada por Trujillo en 1937, le creó un descredito internacional tremendo y un deterioro en sus relaciones con el Departamento deEstado, situación que la dictadura intentó superar.

 Por esa razón, en 1938 envió a la Conferencia de Evián, que se efectuaba en Francia y que trataba el problema creado en Europa por la enorme masa de refugiados judíos que huían de las persecuciones del fascismo, a un representante de su gobierno, Virgilio Trujillo, quien expresó en ese cónclave que nuestro país estaba dispuesto a recibir a 100 mil refugiados judíos. Igual actitud adoptó Trujillo respecto al enorme problema creado en Francia con los miles de refugiados de la guerra civil española, españoles que cruzaron su frontera tras la derrota de los republicanos, huyendo de los crímenes y atrocidades del recién instaurado régimen de Franco.

Esas iniciativas, a favor de los refugiados judíos y españoles, fueron tomadas con fines propagandísticos, con el propósito de recomponer la imagen en el exterior de su dictadura. Pero también hay que señalar que al mismo tiempo formó parte de la política de “blanqueamiento” de la República Dominicana, aspiración racista por largo tiempo reclamada por una buena parte de los intelectuales trujillistas y el propio gobernante. Razón subyacente en el genocidio de 1937.

 Dentro de esa perspectiva de simulación el gobierno dominicano firmó un acuerdo con la Dominican Republic Settlement Association, organización judía creada en Estados Unidos para organizar la emigración, para el establecimiento de refugiados en la República Dominicana. En mayo de 1940 llegó el primer grupo, compuesto por 750 israelitas. Fueron asentados en tierras donadas por el Estado de Sosúa, pequeño poblado cercano a Puerto Plata. Trujillo cobró un millón de dólares a D. R. S. A. A los judíos se les debe la creación de una industria láctea que aun se mantiene, la firma Sosúa.

En España se le hizo una amplia publicidad en los medios españoles al barco “España” comprado por Trujillo en Escocia como chatarra, promoviéndolo como barco de lujo con amplios y ventilados camarotes. A los jóvenes españoles se les ofrecieron tierras, trabajo y vivienda. Muchos se embarcan por la aventura, especialmente numerosos Canarios, pero la mayoría lo vio como una oportunidad de salvar su vida y la de sus familiares de las persecuciones y represalias a los Republicanos de la Guerra Civil Española. Aparte de las penurias del viaje, las malas condiciones de la habitabilidad del barco, la pobre alimentación y problemas con la maquinaria, hacen que finalmente el barco tenga que fondear en el Canal de la Mona, y la travesía es un infierno.

 Los refugiados de la guerra civil española que arribaron al pais, según Jesús de Galíndez, profesor vasco posteriormente asesinado por Trujillo, sumaban 4 mil o 5 mil. Y de acuerdo con otros investigadores, 3,100 o pocos más. Ambos grupos de refugiados llegaron en un momento de rígidas medidas económicas impuestas por el gobierno. A su vez, en la clandestinidad habían surgido pequeños núcleos de actividades de oposición y se registraba un tímido auge de la organización sindical y gremial de los trabajadores en Dominicana.

La inmigración española estaba compuesta por trabajadores calificados, profesionales, intelectuales, ex militares, y en menor escala por agricultores, y la mayoría había participado de manera activa del lado republicano en la guerra civil. Casi todos eran hombres de ideas políticas avanzadas: anarquistas, liberales, comunistas y socialistas, etc. Por este motivo la mayoría de los refugiados españoles, al entrar en contacto con el crudo ambiente de represión reinante, se desilusionó y abandonó el país con destino a México, Venezuela y Centro y Sudamérica. Un reducido grupo pudo ingresar en los Estados Unidos.

 El pequeño grupo que permaneció, causó sin embargo un impacto en el ambiente cultural y político del país. Los refugiados españoles crearon asociaciones democráticas, fundaron periódicos y revistas con un claro acento democrático, publicaron libros, formaron tertulias culturales, e iniciaron contactos con los miembros de la reducida intelectualidad dominicana; sobre todo con estudiantes de ideas progresistas y con algunos dirigentes sindicales.

En el plano político, como era natural, la mayor actividad desplegada por los refugiados españoles estaba dirigida a la problemática de su patria, a la difusión de la propaganda ideológica de los distintos grupos que componían la emigración, pues casi todos los miembros de organizaciones centralizadas que continuaron su actuación en el exilio, como el Partido Comunista Español, el Partido Socialista, el Gobierno Vasco y el Gobierno Republicano.

 

Aquella migración en la que se pretendió dar prioridad a los agricultores, con los que se buscaba poblar la zona limítrofe de Santo Domingo con Haití, llevó a la pequeña república antillana un considerable número de intelectuales y artistas, que mintieron diciendo que eran agricultores y artesanos para poder ser aceptados en las listas. Llegaron, muchos de ellos, la mayoría, empobrecidos y debilitados de campos de concentración y persecuciones, a un país lleno de miserias, con un clima para ellos insoportable, donde muchos enfermaron de malaria y tuvieron que depender de la caridad y hospitalidad de los dominicanos que compartían lo poco que tenían con ellos.

 Para su acogida se organizó un plan de colonización agrícola en regiones alejadas e inexplotadas de Santo Domingo. La mayor parte de los exiliados se instaló en Medina, Villa Trujillo, etc. Dado que un reducidísimo número pertenecía a la rama de trabajadores del campo, las colonias se desmembraron pronto, y los exiliados prefirieron la vida en las ciudades. Los que llegaron a tomar posesión de las tierras que les dieron para la labranza, no lo soportaron, eran tierras áridas, muchas de ellas en el Sur, y no se les facilitaban instrumentos de labranza ni semillas, además, no estaban acostumbrados al duro trabajo agrícola. Los más, se marcharon en un plazo no mayor de cinco años, a otros países como México, no sin dejar antes una huella perdurable en la vida cultural de la nación.

Dentro de estos grupos había numerosos catalanes. Ya hacia el 1940 ya se había creado el Club de Catalanes de la República Dominicana, que actuó como elemento de enlace de la colonia catalana y los núcleos de catalanes de otros países de América. Dos de los principales animadores fueron el ingeniero Eduardo Barba y Martí Gallart, los cuales presidieron la entidad hasta su muerte. También se dijo que estaba infiltrado por agentes de Franco. Organizaban, junto a La Mutua Catalana, diversos actos públicos para dar a conocer la cultura catalana a los dominicanos. Organizaron una biblioteca ambulante y patrocinaron las emisiones catalanas en la emisora ​​dominicana HI-X. Posteriormente, un grupo de catalanes, adheridos al Consejo Nacional de Cataluña, fundaron el Casal Catalán. Joan Duran calculaba, en 1969, que había alrededor de 600 catalanes distribuidos por todo el país.

 Contribuciones ciudadanas: En el campo de la pedagogía, el doctor Ricard Martín fue catedrático en la Facultad de Farmacia de la Universidad de Santo Domingo.

El ingeniero Ramón Martorell creó y reorganizó el Instituto Geográfico de Santo Domingo, uno de los más completos de América. El Instituto, bajo su dirección, levantó la Carta preliminar de la República Dominicana (escala de 1:100.000), el Mapa General de la República Dominicana (escala 1:200.000), la Carta Gnomon de las Antillas y de la carta gnomónica de la República Dominicana. Es probablemente la obra más importante que han dejado los catalanes en la República Dominicana.

 En El Seibo, el profesor Jesús Abadías fundó el Instituto Hostos, y en Ciudad Trujillo la Escuela Española (1943).
 Manuel J. Cluet fue profesor en la Escuela Normal de San Juan de la Maguana y, en 1969 era profesor de Normal de Ciudad Trujillo y catedrático de la Escuela Diplomática y Consular de la Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores.

En el mundo empresarial, Francesc Fàbregues instaló la primera industria de muebles, sillas, butacas y balancines, industria que actualmente se dedica a la exportación.

 Joan Torres y Picart instaló una fábrica de hules.

Agustí Bartra publicó el libro de poemas El Árbol del juego;

Forné Farreres editó Paisaje y Acento;

 Baltasar Pucurull Miró, Círculo de Arena y Humo y Cartones de la Frontera;

Justo Tur, escribe “33 Notas”.

 Vicenç Riera Llorca publicó una colección de cuentos y artículos en el diario La Nación, donde también colaboró ​​la escritora Anna Murià. Riera Llorca escribió el libro Los tres salen por el Ozama, Tots Tres Surten pel Osama, que se publicó a su retorno a Cataluña y que hablaba de la vida dominicana y las vicisitudes de los refugiados allí.

La mayor contribución de los catalanes en la RD  fue en las artes plásticas:

 A Ernesto Simó hay que analizarlo por separado pues el llegó a la RD en 1858, mucho antes de esta oleada de refugiados. El rastro de este influyente catalán se ha seguido desde Santo Domingo a San Francisco de Macorís, a Santiago y Puerto Plata; y desde allí a Barcelona, a Tarragona, y de esta a Sabadell, Vilanova y la Geltrú, Salou, Reus, Alforja y Vinyols. Aquel catalán era natural de Barcelona y sus padres procedían de la ciudad de Reus en Tarragona. Generaciones anteriores suyas procedían de Alforja y, antes que estas, de un campo cercano, Vinyols.

Tal vez no soñó Ernesto Simó Ros que,al embarcarse para América, iba a fundar una familia dominicana con acentuado arraigo en la música y también en las letras, en la milicia, en los negocios y en la política.La familia formada por él en la RD ha estado presente de manera continua desde el siglo pasado en la música.La historia de esta no puede escribirse sin incluir a Manuel Simó y sus descendientes músicos.

 Jose Gausachs. Nacido en Barcelona (1889), vivió el inquieto mundo del café Els Quatre Gats donde se dijeron y ocurrieron tantos asuntos importantes para el arte del Siglo XX. Se formó académicamente en la Escuela de Baixas y en la de La Lonja. Terminado sus estudios marchó a París. En Montparnasse, entra en convivencia con los más conocidos artistas de entonces: Modigliani, Gagallo, Utrillo, Juan Gris, de Chirico, Foujita, Picasso, Marquet, Braque, Marc Chagall. Participa en todos los movimientos artísticos que se producen. Así del impresionismo pasa al cubismo, al dadaísmo, al surrealismo, al expresionismo, al neo-expresionismo.

En España su actividad expositora era lo suficientemente importante por la calidad y la cantidad para que la prensa y la crítica de los años treinta en Cataluña y en España le asignaran un lugar destacado. Lo consideraban uno de los más representativos ejemplos de la escuela catalana de pintura durante la primera mitad del siglo XX. Pero aún en su tierra, es “un gran desconocido”. La ausencia y el posterior silencio borraron durante años la memoria de una obra de calidad excepcional.

El destino torció el rumbo de la vida de Josep Gausachs. Su conocida lealtad republicana y su talante liberal y progresista no podían compaginarse con el régimen surgido de la Guerra Civil de 1936-1939. Al grave peligro que corrió su vida se sumo la represión policial que incluso dificultó la conservación de parte de su obra.

Después de estar en campos de concentración franceses, especialmente en Narbonne, sus amigos consiguen encontrarlo, y pudo finalmente huir en el buque “Cuba“, cuando ya se había iniciado la Segunda Guerra Mundial, rumbo a América, llegando a la RD en 1940, en compañía de su hijo Francisco,quien también sería pintor y profesor de pintura. Fue nombrado profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes desde su fundación, y en 1946 fue designado Sub-Director de la Academia Estatal Dominicana.

Allí trabajó durante años dejando una obra cálida, vibrante y trascendente que hoy se encuentra esparcida por diversas colecciones y países.

José Gausachs Armengol, fue, entre todos los artistas catalanes exiliados la figura más importante para la plástica dominicana.

Su integración al país fue total y su enseñanza, determinante en las generaciones artísticas que lo siguieron. A lo largo de los casi 20 años que vivió en Santo Domingo, se convierte en el gran maestro del arte dominicano al descubrir la magia y misticismo de la negritud antillana.

Esto es, en suma, un aporte fundamental que hace Gausachs a la plástica dominicana. Según Vicente Llorens era, entre los artistas, “el más conocido y de mayor edad”, permaneció en la isla, salvo una estancia temporal en Venezuela, en 1945, hasta su muerte acaecida el 26 de julio de 1959.

JAIME COLSON. La influencia del arte catalán en República Dominicana también se puede rastrear a la inversa. Jaime Colson, importante representante de la plástica dominicana, hizo sus estudios y carrera en Barcelona en los años 20 y 30, donde profundizó el dibujo con los maestros catalanes de principios de siglo y en la Academia de San Fernando en Madrid.

Como pintor de formación europea y de sensibilidad americana, es uno de los principales artistas del Caribe. Fundamental para los pintores catalanes del exilio republicano en la RD, al regresar al país como maestro, revierte en sus alumnos el conocimiento adquirido en Catalunya.

Esta etapa coincide con su regreso a Santo Domingo en 1950, donde fue nombrado Director General de Bellas Artes, puesto que ocupó solo hasta 1951. Nunca se adaptó a las funciones administrativas.

 ANTONIO PRATS VENTÓS. Nació en Barcelona en 1925; República Dominicana se convierte en la patria que le recibió siendo un jovencito.

Había estudiado en la Escuela Industrial de Barcelona, pero la guerra civil de 1936 en su país cambió radicalmente su vida, ya que a los 14 años fue internado junto a su hermano Ramón de 11 años en un campo de concentración para refugiados en las afueras de Perpignan, Francia, donde encontraron un ángel que les ayudó a escapar. Y así, el 11 de Enero de 1940, llegó a República Dominicana a bordo del trasatlántico francés Cuba, junto a su familia y a otro grupo de refugiados españoles que huían de las garras de la guerra; ahí se inició su aventura americana.

Siendo aún adolescente, comenzó a impartir clases de dibujo en la Escuela Normal de Señoritas, hasta llegar a ser profesor de Escultura en la Escuela Nacional de Bellas Artes de 1950 a 1958 y de diseño y decoración en la Universidad Pedro Henríquez Ureña de 1967 a 1978.

Su nombre aparece junto al de los más grandes artistas porque la mayor parte de su vida la dedicó a su gran pasión, la escultura, la pintura, el dibujo y la cerámica, logrando crear incalculables obras de arte.

Entre los importantes monumentos que Antonio Prats Ventós realizó en el país, citamos el de la Plaza de La Trinitaria en Santo Domingo, el de los Héroes de la Batalla de Sánchez en San Juan de la Maguana, así como los de Duarte y de los Héroes del 19 de Marzo en Azua. Entre sus obras, que se encuentran en importantes museos, hoteles, universidades, iglesias, jardines y colecciones privadas de República Dominicana, se destaca el Altar Mayor de la Basílica de Higuey.

 Otros: En el ramo de las artes, también hay que mencionar a los pintores catalanes Joan Junyer, Josep Rovira y Francesc Gausachs, a los escultores Lluis Soto, Emilio Moret, y a los dibujantes Shum y Josep Alloza.

Los interiores del Palacio Nacional se caracterizan por la influencia de un estilo clásico muy particular. Al fondo del vestíbulo, hay un mural realizado por el pintor catalán Aurelio Oller Croisiet en 1957, que representa la llegada de Cristóbal Colón a la isla en su tercer viaje.

En la construcción de este edificio, al igual que en la construcción de las chimeneas del Ingenio CAEI de la Vega, y otros, trabajó como albañil el padre del presidente Juan Bosch, José Bosch Subirats, natural de Tortosa, Cataluña. Quien le diría a aquel emigrante catalán que años más tarde su hijo pisaría aquellos pasillos como presidente del país. Cosas de la emigración.

 Y más adelante, tenemos la influencia en la música clásica dominicana del director de orquesta catalán Pau Casals, quien organiza la Orquesta Sinfónica Nacional, y en la fotografía, la del barcelonés Wilfredo García, considerado el “Padre de la fotografía dominicana”.

Apellidos catalanes en RD:

 En la Villa de Alforja -villa que tiene hoy una población de 1,200 habitantes y que en aquella época siglos 14 y 15 tenía 800 y 300 respectivamente- y en sus campos aledaños, como el de Vinyols, se encuentran muchos apellidos que también aparecen hoy en República Dominicana.

Otros apellidos de origen catalán o mallorquí que ya son considerados como dominicanos:Basora-Battle -Bosch–Bellapart- Gassó -Freixas- Font -Roig -Simó -Simón -Puig -Morell-Morel-Sabater -Ferrer-Trullols-Soler-Aguiló-Arnau-Andreu-Bonó-Bou-Brossa-Nadal-Ricart-Ricard-Molina-Serra-Llibre–Borrell-Munné-Balaguer-Ferrer-Ferré-Mestre-Massalles-Armengol-Mayoll-Mayol-Moll-Cassá-Dummé-,y muchos mas.

 Hoy día, numerosas familias descendientes de catalanes, conviven perfectamente integrados en la sociedad dominicana, desempeñando actividades de suma importancia en la industria y los negocios del país.

Related Post

Deja un comentario